Las madres que miran al cielo

Ayer fue el día de la madre. Me trajeron desayuno, mi hija y mi hijo me hicieron unos regalos preciosos con ayuda de su padre y su àvia y me eché una siesta de más de dos horas, que es más de lo que suelo dormir seguido durante la noche. Y aunque fue un día fantástico, también fue un día de la madre tremendamente removido para mi si te soy honesta.

Ayer pensaba en todas las madres con las manos vacías, en todas esas madres a las que tal vez ni felicitaron en su día porque sus bebés no llegaron a conocer este mundo, se quedaron en el camino. Pensaba en el peso de esas manos vacías, en el yugo de que no puedan cargar nada.

Pensaba en los corazones rotos de las madres que recuerdan a esos bebés que podrían haber sido y no son; que podrían estar y no están. En la cabecita que nunca llegaron a oler, los pies que nunca pudieron besar, los ojos a los que nunca pudieron mirar y las risas que nunca llegaron a oír. 

Pensaba en esas madres que una vez albergaron la vida, que fueron dos corazones latiendo, que fueron dos almas. Que abrazaron y abrigaron a sus bebés y que ahora no pueden hacerlo. Pensaba en todas las madres que en el día de la madre no reciben abrazos, ni dibujos, ni sonrisas. En todas las madres que en su día solo pueden mirar al cielo.

Lo pensaba porque ahora soy una de esas madres. Que tiene dos criaturas en sus brazos y una estrella en el cielo. Y joder, cómo duele. Cómo desgarra por dentro. Cómo pesa saber que nunca vas a conocer a tu bebé al otro lado, que nunca vas a poder ver su cara, ni acariciar su piel ni decirle cuánto le amas. Cómo duele preguntarse si ese bebé que fue y ya no es sintió en algún  momento lo querido que era y que sigue siendo. Cómo mata por dentro pensar que tu propio cuerpo te ha traicionado.

Siento que el mundo sigue girando y yo soy la única que sigue pensando en ella, que la gente se olvida, que el duelo molesta. Y que total, tienes suerte de tener dos contigo. Sí, tengo suerte de que la vida me haya regalado el honor de ser madre de dos personas preciosas. Y también he perdido a otra persona preciosa a la que me hubiera gustado maternar. No soy de las que piensa que todo pasa por algo; he vivido una pérdida gestacional y es sin duda alguna lo peor que me ha pasado en la vida. No quiero buscarle un sentido; ha pasado y ya está, la vida tiene momentos muy duros y no tienen porqué tener el propósito de enseñarnos nada. Francamente, preferiría no saber cómo se siente ni cómo se vive. 

Hoy envío un abrazo a todas las madres que tienen que mirar al cielo, o a dentro de su corazón para buscar a su bebé. Eres madre de ese bebé que una vez estuvo contigo, que nadie te haga sentir lo contrario. Aunque nadie más lo recuerde, aunque la vida siga y a ti te falte un pedazo. 

Es tu bebé, eres su madre.

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